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Reconciliarse con la televisión

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politica, europa, comunicacion
Actualizado 29-08-2008 09:00 CET

He lamentado en las últimas semanas la escasa atención que los medios de comunicación le han prestado a la conmemoración de los cuarenta años del final de la primavera de Praga, coincidiendo con la entrada en la noche del 20 de agosto en la capital checa de cientos de miles de soldadosdel Pacto de Varsovia (la mayor movilización militar en Europa tras el final de la II Guerra mundial) que se encargaron de aplastar los aires aperturistas de lo que se conoció como el “socialismo de rostro humano”. Dubcek, el nuevo secretario general del Partido Comunista Checo desde enero del 68, y otros dirigentes, así como buena parte de la población del país –entre la que destacaron hombres de letras como el futuro presidente democrático Vaclav Havel-, habían creído que era posible reformar el socialismo desde dentro del socialismo y, olvidando la experiencia de Budapest doce años antes, se lanzaron a poner en práctica toda una serie de reformas liberalizadoras que chocaron con la doctrina Brezhnev (o de soberanía limitada), la férrea línea de ortodoxia política trazada desde Moscú.

La población de Praga tuvo un comportamiento ejemplar que desconcertó a las fuerzas invasoras

La primavera de Praga, desde las perspectivas histórica, social y política, constituye uno de los acontecimientos más apasionantes y conmovedoramente dramáticos del siglo XX. Pese al vacío que las democracias occidentales le hicieron al fenómeno, al muro de silencio que cayó sobre Checoslovaquia cuando en los meses siguientes se practicó la correspondiente purga, y a la larga espera en que se sumió el país hasta que a finales de los años 80 se desmembró el sistema soviético, este episodio de la reciente historia europea supuso un verdadero hito dentro de la Guerra Fría, preparando el terreno para experiencias posteriores -la propia caída del Muro de Berlín-, como hace no mucho recordó la propia canciller alemana, Angela Merkel.  Pero el empeño, pacífico y un tanto ingenuo –aunque siempre es fácil ser profeta del pasado, cuando no del desastre-  de una sociedad por abrir una grieta por la que poder respirar dentro del opresivo sistema soviético ha quedado relegado –como tantos otros capítulos de nuestra reciente historia- a los círculos académicos.  Además, en un año de efemérides, la del Mayo francés –un berrinche de niños mimados al lado de las reivindicaciones de sus vecinos del otro lado del telón de acero- era clara candidata a llevarse todas las portadas.

 Quizá por todo esto, pude reconciliarme con los medios, en concreto con la televisión, el pasado sábado durante la emisión de Informe Semanal. A algunos, se les podrá pasar. Otros no caerán. Habrá a quienes no les interese en absoluto el tema. El resto simplemente estarán de vacaciones (y ya se sabe que los que se quedan, dan lo que dan).  Pero están también los que no se permiten fallar, y en ocho o diez minutos intentan contarte las cosas como son y hasta como deberían ser. Y un poco de ambas cosas iba ‘Praga 68; el amargo despertar’, reportaje firmado por Vicente Romero y Ouri Saarinen, que nos cuenta de forma clara en qué consistió aquella primavera (que más tarde le prestaría el nombre a la de Pekín) y por qué le llegó su verano.  

 Hubiera sido relativamente sencillo armar una pieza tirando de archivo.  Montar un relato histórico no demasiado complejo sobre hechos por otra parte bastante conocidos sobre unos vídeos de la época,  y aderezarlo todo con algunos testimonios de personajes que hubieran tenido algún protagonismo en aquel tiempo; lo que se diece “testigos de excepción”. Al fin y al cabo, este tipo de reportajes suelen lucir bastante. Hay información de sobra. Más de la que podría estar dispuesta a digerir el espectador que pone la tele un sábado a las diez y media de la noche.

 Pero, afortunadamente, en la radio televisión pública española hay quien no ha olvidado totalmente su razón de ser. Y tratar de arrojar luz sobre el pasado puede no ser un principio válido para otros medios, para la Telecinco que a esa misma ahora abre la puerta del gallinero nacional en La Noria; incluso para la exclusiva y marginal segunda cadena que a la misma hora seguía exprimiendo al máximo los buenos datos de audiencia de los Juegos Olímpicos de Pekín (la misma Pekín que es capital de una dictadura comunista como la de la Praga del 68). He dicho arrojar luz sobre el pasado, pero qué hay del presente. Porque, este es a mi juicio el mayor acierto del reportaje, el de comparar la Praga “libre” de hoy con la sojuzgada de ayer, arriesgando, por qué no, una moraleja sobre la vertiginosa y paradójica transición entre la dictadura comunista y la democracia capitalista. Así, mientras arrancan los sones de la Internacional, y vemos las imágenes de visitantes cargados de bolsas desfilando frente al Mcdonald´s de turno, el narrador nos habla de “legiones de turistas que infectan las calles donde paseó Kafka para degustar el colesterol, los juegos de azar y la visión más negra de la historia como ingredientes de una misma receta política”. Y remata: “Aquel socialismo en libertad imaginado cuarenta años atrás ha sido olvidado, arrastrado por un consumismo turbulento como ideal de vida. Y en Praga, como en el resto de Europa ya casi nadie pretende cambiar el mundo”.

 A lo mejor va a ser esto el periodismo.

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